Alejandro Betancourt, de 46 años, es un hombre muy famoso en Venezuela, aunque no por las razones que le gustarían. En su país le conocen como el más célebre de los bolichicos, un grupo de jóvenes de entornos privilegiados que, sin ninguna experiencia, se hicieron millonarios con contratos de la época de Hugo Chávez. Betancourt, con pasaporte venezolano e italiano, logró su primer negocio multimillonario antes de cumplir los 30 años: la construcción de plantas eléctricas para aliviar la grave crisis energética que atravesaba —y aún atraviesa— el país. Le acusan de haber comprado turbinas de segunda mano y facturarlas como nuevas, embolsándose un sobreprecio de miles de millones de dólares. Hoy, con Betancourt ocupando titulares por haberse convertido en el socio petrolero más importante de Donald Trump, muchos venezolanos se van a las redes para maldecirle cada vez que se quedan sin luz. Esto es, cada día.

En los últimos años, Betancourt mantenía un perfil bajo, pero sus constantes viajes a Caracas, revelados por EL PAÍS —cuando en teoría su causa judicial en Suiza le impedía salir de Reino Unido— pusieron el foco sobre él. En ese momento, pocos lo sabían, pero Betancourt ultimaba los detalles para cerrar el negocio de su vida.

El empresario ha sido clave para lo que Donald Trump llamó el acuerdo petrolero “más importante de la historia mundial”, un opaco contrato por el que Venezuela entrega a NABEP, la empresa que lidera Betancourt, la concesión para explotar 17 campos petroleros venezolanos con unos 65.000 millones de barriles de crudo, casi una cuarta parte de las reservas del país. A cambio, el Pentágono recibe un 35% de las acciones de la compañía y se asegura buena parte de ese crudo a precio de costo. El acuerdo ha provocado una enorme polémica dentro y fuera de Venezuela, entre otras cosas porque él —que mantiene causas activas en España y Suiza— haya sido el elegido.

Muchos señalan su capacidad negociadora y su enorme habilidad para mover el dinero, un don que investigan las fiscalías española y suiza.

Betancourt ha pasado su vida invirtiendo en negocios de todo tipo, muchos en España o con socios españoles. Entre otros, metió 50 millones de euros en la marca de gafas de sol Hawkers, de la que hoy es presidente, y se convirtió en accionista mayoritario de Auro, la empresa española de vehículos con conductor de la que Uber compró un 30% en 2025 por 220 millones de euros. También es socio, junto a su amigo Félix Ruiz —cofundador de Tuenti—, de Playtomic, la mayor plataforma del mundo para reservar pistas de pádel. Pero uno de sus negocios más desconocidos y exóticos es su asociación con el español Alberto Cortina para crear un banco en Dakar, la capital de Senegal. Este banco fue creciendo a otros países de África occidental, una región con muy baja bancarización y controles regulatorios más laxos.

Hoy en Venezuela, todos se mantienen expectantes —y vigilantes— ante el gran negocio que Betancourt debe liderar ahora. Un acuerdo que, según aseguran sus firmantes, mejorará por fin la vida de los venezolanos. Muchos de esos venezolanos, sin embargo, esperan y vigilan a oscuras.