Ante la anunciada próxima llegada del Papa León XIV al país, se ha puesto mucha atención a las diferencias entre su mensaje y el de Javier Milei. La justicia social apareció como uno de los principales puntos de tensión, también la situación de los sectores vulnerables, en particular las personas con discapacidad.
Pero hay otra divergencia, menos visible, que merece atención: la visión sobre el desarrollo de la IA y su regulación.
En mayo, León XIV presentó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, que estuvo dedicada a este tema. Es una extensa reflexión sobre las oportunidades que ofrece la IA, pero sobre todo sobre los riesgos que puede generar si su desarrollo queda librado solo a los intereses de quienes la controlan.
La encíclica sostiene que la dignidad humana no puede reducirse a datos o rendimiento económico. Advierte que la tecnología no es neutral: refleja las decisiones, los intereses y los valores de quienes la diseñan.
Uno de los puntos más relevantes es la preocupación por la concentración de poder y riqueza en manos de pocas corporaciones tecnológicas, cuya capacidad de influencia sobre la economía, la información y las decisiones de las personas puede superar a la de muchos Estados.
También alerta sobre los efectos en la difusión masiva de desinformación, sus consecuencias para la búsqueda de la verdad y los procesos democráticos, y el riesgo de que la dependencia tecnológica debilite el pensamiento crítico y el esfuerzo intelectual. Y plantea la necesidad de establecer controles y límites que permitan orientar el desarrollo tecnológico hacia el bien común.
La perspectiva contrasta con la de Milei, que en la última intervención ante la Asamblea General de la ONU cuestionó los argumentos que, a su juicio, usan el temor a la IA para justificar mayor intervención estatal.
“Cuando escuchamos que el Estado debe controlar la Inteligencia Artificial, conviene recordar algo elemental: el Estado no es una criatura abstracta, sino hombres, funcionarios y burócratas, y concederle el control sobre la innovación es conceder a algunos, en el mejor y más ingenuo de los casos, la facultad de limitar lo que los demás pueden crear”, dijo allí el Presidente.
Para León XIV, el riesgo es que la falta de límites termine subordinando la dignidad humana a los intereses de quienes concentran el poder tecnológico. Para Milei, el peligro es que los Estados terminen restringiendo la libertad de innovar.
Nadie sabe si León XIV hablará del tema en el país. Pero la divergencia con Milei ya está planteada. Y revela uno de los grandes dilemas del momento: si hay que ponerle límites al poder tecnológico y con qué criterios.
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