"Nuestro marco son las genealogías posibles y las inventadas, las filiaciones con variaciones de carácter y de forma”. Es lo que enuncia Santiago Villanueva en la presentación de la obra de Nessy Cohen y Claudia Mazzuchelli en una de las salas de W-Galería. la exposición se titula, precisamente, Ser antena. Más allá de la referencia a estos dos artistas, el principio podría ser válido para enhebrar otras asociaciones intergeneracionales o signos afines que podrían hacer de la exhibición de W una reunión de familia en la que convivan distintos miembros de una genealogía común con personalidades relevantes.
Nessy y Claudia son un dúo que hoy trabaja en colaboración, aunque no siempre fue así. Por mucho tiempo anduvieron por los caminos del arte y la vida, pero transitando rumbos individuales que a partir de 2014 decidieron fundir. Juntos o separados, sus nombres acaso no tengan gran resonancia para los más jóvenes de hoy, pero para quienes fueron jóvenes un par de décadas atrás, este binomio resulta altamente familiar y activo en la efervescente escena contracultural de fines de los 80 y principios de los 90. Especialmente Nessy en el universo del diseño y las portadas del rock en las que tuvo un recordado protagonismo.
El conjunto que reúne ahora trabajos de ambos, juntos y por separado, incluye como imagen inicial la imagen del álbum Don Cornelio y la Zona (1987), de la banda homónima que lideraba Palo Pandolfo. Pero fundamentalmente retoma una exposición que realizaron en 1993 en el Casal de Cataluña que se llamó La visión suspendida y estuvo integrada por trabajos de Juan Batlle Planas, Roberto Aizenberg, Nicolás Guagnini, Roberto Pazos y Agustín Soibelman.
La traza de aquel encuentro puede seguirse en las pinturas de Nessy y Claudia que se alinean en la sala. En una genealogía que remite a Aizemberg, de quien ambos fueron discípulos, y a través de él a Batlle Planas, quien legó a Aizenberg la máxima del ser artista instrumento/antena. “Nessy y Claudia la evocan y la observan como el lúcido legado de dos grandes maestros”.
Así es posible ir descubriendo una serie de encuentros extraños entre climas surreales y abstracciones delicadamente elaboradas que se deslizan en la posta que ambos toman y se empeñan en oficiar como un rito que pareciera sustraerlos del tiempo y, sin embargo, reviste una poderosa presencia para la experiencia actual.
Elogio del reciclaje
También Claudia del Río exhibe un valioso legado de Juan Grela que le llegó por vía indirecta. Se trata de un pequeño compás que mide la proporción áurea y lo había fabricado él con sus propias manos. Pero más allá de ese objeto que ella guarda como tantas cosas y elementos de desecho que luego cobran vida afectiva en sus trabajo, sería interesante explorar el complejo de afinidades que su obra mantiene con la de otros artistas de los 90.
Por ejemplo, con la de Enrique Mármora, artista también ahora en W-galería, con una exposición titulada Marmoralia, curada por Jimena Ferreiro. Mármora formó parte del grupo que acompañó los comienzos de la gestión de Jorge Gumier Maier en el Centro Cultural Ricardo Rojas a fines de los 80 y, de algún modo, marcó la década del 90. Tuvo allí una primera exposición en 1991 y luego en 1993 participó de Algunos Artistas, la recordada exposición antológica que resumió los primeros años de gestión de Gumier.
Luego desapareció de este círculo por 33 años y ahora vuelve con trabajos que retoman esa interesante revisión de la tradición abstracta que marcó la impronta del Rojas. Una serie de objetos que, con la obra de Claudia del Río, tienen en común un elogio de la precariedad. Una suerte de estrategia afectiva que apunta a dignificar lo eventualmente desechable.
La obra de Mármora se vale de soportes de embalaje de fruta, huevos o formas de telgopor que convierte en construcciones abstractas. Estructuras de apariencia mecánica que Mármora reconfigura formalmente, inducido por curvas y ondulaciones y también las líneas rectas que le sugieren estos soportes. Él aplica su ojo a subrayar y a la vez ocultar sus orígenes con colores templados y brillantes. El suyo es un minucioso trabajo de exploración y aproximación creciente a las formas que, sin duda, atiende a la lógica del material pero no renuncia a expresarse formalmente.
Hay en la obra de este artista una fina sintonía con el precario estadio de la producción más general del país. Un país en que la razón constructiva que acompañó a la abstracción del proyecto moderno ha encontrado límites económicos que los artistas se han empeñado en sortear con ingenio y especial sensibilidad.
Entre ellos Claudia del Río y tantos otros artistas de los 90, desde Marcelo Pombo a Fernanda Laguna y Cristina Schiavi, que le imprimieron un giro sensible al sugerente universo de elementos de desechos instalándolos en una zona de gracia insospechada.
El recorrido por la amplia sala de ingreso a la galería, donde se despliegan las pinturas e instalaciones de Claudia del Río –Caravana, con la curaduría de Santiago Villanueva–, nos lleva de la mano a una experiencia de ese tenor a través de una caravana de seres de fieltro que emergen de bolsas y nos miran sorprendidos con su sonrisa y sus ojos de lata bien abiertos. Son los Respirantes –así los llama la artista rosarina– que deambulan sin rumbo fijo en nuestro entorno.
Como una parte importante de la gente en el país, la obra de Claudia (y también la de Mármora) se alimenta del reciclado. La artista dice que tiene una relación a largo plazo con los materiales. Los objetos que recoge o le regalan, el fieltro, la arpillera, entran en su órbita como material de archivo hasta que les encuentra el rol indicado. Cada material guarda una historia y un sentido acoplado. El que usa Claudia para componer las escenas de sus instalaciones es un fieltro que proviene de reciclar prendas descartadas. Gente en situación de calle lo usa como abrigo Y también se lo usa para insonorizar o atemperar el ruido. Quien quiera oír que oiga.
Del marco genealógico que pareciera derivar el conjunto de artistas y planteos que conviven en esta sucesión de exhibiciones, la obra pictórica de Gimena Macri no está desgajada, aunque quizás lo pareciera. Ella pinta desde hace tiempo y pacientemente produce periódicos giros que robustecen su pintura.
En esta ocasión, con Espero que sí, curada por Joaquín Barrera, se aventura con una expansión del formato y desafía una tradición –la genealogía podríamos decir– del género que trata: el bodegón/naturaleza muerta.
Una composición de objetos que ha servido históricamente a la meditación de las formas en una suerte de tiempo detenido o vida detenida (still life se dice en inglés), que por lo general no ha sido llevada al gran formato. Como si el espacio acotado fuera un imperativo del género. Gimena lo desafía y desarticula el orden de los objetos, a los que confina, un tanto solitarios en mesas que han sido vaciadas de elementos y comensales.
Pero lo interesante es cómo compensa ese vaciamiento con la compleja elaboración pictórica que lleva a cabo en el plano de ese cuadro expandido. El orden compositivo del conjunto es armado y desarmado a través de múltiples recursos de color, grafismos y texturas. Todas intervenciones disruptivas que rompen deliberadamente con la tradición y hacen lugar a un tiempo dinámico que más allá del género still life ya no puede permanecer detenido.
- Exh #09 - VV.AA.
- Lugar: W—galería, Defensa 1369
- Horario: mar. a sáb. de 12 a 18
- Fecha: hasta el 3 de octubre
- Entrada: gratuita
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