En el ánimo de este reportaje no está poner en duda la calidad de discos históricos del pop y el rock, algunos de ellos obras maestras. Lo que queremos es rascar un poco para ver si encontramos alguna debilidad, o para comprobar si con el paso del tiempo han perdido algunas de las fortalezas que lucían en la época en la que vieron la luz. Cada disco ha sido escrutado por un especialista musical. Este es el diagnóstico...
The Beatles, 'Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’ (1967): nos colaron dos mentiras
Sgt. Pepper’s... es un disco maravilloso y, sin embargo, su mito se basa en dos mentiras. En primer lugar, suele citarse como el mejor álbum de los Beatles y eso no es verdad. No es el más compensado de su discografía y tampoco contiene sus mejores canciones. De hecho, Strawberry Fields Forever y Penny Lane son dos obras gloriosas que se quedaron fuera del repertorio. En segundo lugar, se nos ha contado que Sgt. Pepper’s... es un álbum conceptual que ayudó a convertir el LP en el formato de referencia de los siguientes 20 años. Porque, claro, este tipo de discos había que escucharlos del tirón para entender el sentido y todo eso. ¡Otra vez nos pasamos de frenada! En realidad, la banda del sargento Pimienta aparece al principio, al final y en la portada, nada más. Y las canciones no tienen que ver unas con otras, no hay una intención real de obra artística integral y, desde luego, ninguna conexión con el tal sargento ni con su banda. Nada que ver, desde luego, con los álbumes conceptuales de los Who o Pink Floyd, por mencionar otros clásicos que sí muestran un hilo argumental o una cohesión creativa. Con Sgt. Pepper’s... , Paul McCartney vio portería, marcó la jugada y la crítica de la época cantó gol. Un poco por ingenuidad y otro poco por fascinación, supongo. En 2027 celebraremos 60 años tragándonos lo del álbum conceptual que nunca ha sido. Las personas de calidad sabemos que el disco bueno es Revolver. Pero, a estas alturas, no seré yo quien pida la revisión del VAR. Texto: Tito Lesende
Van Morrison, ‘Moondance’ (1970): esa pizca de garra que falta en la cara B
Decantarse por Astral Weeks (1969) o Moondance (1970) como el álbum más fabuloso de Van Morrison es una disyuntiva tan envenenada como escoger entre papá y mamá. Pero dando por válido que el segundo es aún más directo, luminoso e irresistible, adorable en el sentido más pletórico de la palabra, el estallido de felicidad de un muchacho bajito y feúcho que a los 25 años se siente enamorado hasta las trancas, queda la duda de si algún corte de la cara B (These Dreams of You, Everyone) habría merecido una pizca más de carne en el asador. Imposible anotarle el más mínimo borrón a la cara A, superlativa de principio a fin, inagotable en su misticismo, idealista en lo relativo al amor arrebatado, la conexión con la naturaleza o la fe en la música misma. Quizá por todo ello el norirlandés tendría que haberse atrevido a incluir en la segunda mitad I Shall Sing, tan juguetona y cantarina que Morrison acabó perdiéndole la fe y asistiendo a su brillo en voces ajenas, desde Miriam Makeba a, sobre todo, Art Garfunkel (1973). Texto: Fernando Neira
Joni Mitchell, ‘Blue’ (1971): buscando tres pies al gato
Nueve de cada 10 nuevas cantautoras (o así) citan el nombre de Joni Mitchell entre sus influencias, y nada mejor que el majestuoso Blue (1971) para comprender por qué. El álbum (el tercero mejor de todos los tiempos, según la clasificación de 2020 de Rolling Stone) es de una belleza hiperbólica y apabullante, quede claro: solo pensar que entre sus 10 canciones figuran A Case of You, River, All I Want, California, Little Green (sobre la entrega de su hija en adopción) y, por supuesto, Blue, provoca escalofríos. Puede que no se haya escrito nada tan a corazón abierto. Ahora bien, ¿por qué un álbum tan sublime se cierra con The Last Time I Saw Richard, la más áspera en la parte melódica de sus composiciones? ¿Y era del todo necesario que una mujer de musicalidad visionaria, capaz de patentar docenas de afinaciones propias e interiorizar el océano inabarcable del jazz, optase tantas veces por la parquedad de la fórmula voz y piano o voz y guitarra (o dulcémele)? Ya, ya: estamos buscándole tres pies al gato. Blue es sublime. Texto: Fernando Neira
The Rolling Stones, 'Exile on Main St.' (1972): la voz enterrada de Mick Jagger
Huyendo de la Hacienda inglesa los Rolling Stones se instalaron en Francia. Keith Richards eligió una villa cerca de Niza y, allí, en el sótano, grabaron este disco, considerado una de las obras maestras del grupo. Pero vamos a negar la mayor. El ambiente era caótico y desmadrado y se nota en la grabación. La parte más damnificada es la voz de Mick Jagger, que parece enterrada y en demasiadas ocasiones debe abrirse camino entre tanta maraña de instrumentos. Más que en los alborotados rocks, este defecto se nota en tiempos medios como esa joyaza llamada Tumbling Dice, y en baladas como Sweet Virginia, donde por momentos cuesta descifrar lo que canta Jagger. El desorden prima en buena parte de la grabación, muy evidente en Turd On The Run. En algunas canciones no parece que haya nadie al volante: el piano va por un camino, el saxo por otro, ahora se dispara un solo de guitarra… También sobra alguna canción, como en la mayoría de los discos dobles, como Loving Cup o Casino Boogie. El sonido mejoró algo con ediciones posteriores, donde se intentó pulir la grabación original. Lo trascendente es que a pesar de lo dicho, Exile On Main St. es un gran disco. Texto: Carlos Marcos
David Bowie, ‘The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars’ (1972): esa dichosa canción
Osar enmendar la plana a Dios es mucho osar pero tal es el encargo, así que vamos allá y luego ya rezaremos varios padrenuestros como penitencia.
De todas las obras maestras paridas por David Bowie —y son unas cuantas— The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars es la obra maestra de las obras maestras, digamos un monumento musical de todos los tiempos si nos ponemos en modo finolis y la hostia en verso en jerga un poco más callejera. Al grano. El quinto álbum de estudio de Bowie, metáfora suprema del glam-rock —aun siendo muchísimo más que eso— y primer disco de un artista en permanecer durante más de 100 semanas en las listas de éxitos del Reino Unido, fue grabado entre septiembre de 1971 y enero de 1972 en los legendarios estudios Trident de Londres. Por allí andaban el mismísimo Ziggy, o sea Bowie, o sea un alienígena pálido y bisexual que venía a avisar al planeta tierra de la inminencia de un desastre colosal, y sus Arañas de Marte, a saber: Trevor Bolder (bajo), Mick Woodmansey (batería) y por supuesto Mick Ronson, principio y fin (con permiso del jefe de todo aquello) del sonido de aquella banda inolvidable que duró apenas cuatro años. El álbum original tiene 11 temas, varios más en sus posteriores reediciones o ediciones especiales. Pero vayamos a esos 11. ¿Por qué tuvieron que ser 11 pudiendo ser 10? Primero, y poco relevante: 10 temas es un número perfecto, redondo para un disco, ¿demasiado perfecto? Segundo, y mucho más importante para lo que nos ocupa: la obra maestra de la que hablamos, y aquí llega la enmienda dichosa, habría sido aún más maestra si el tema número 5 de la cara A no hubiera existido. Ese tema se titula It Ain’t Easy (algo así como “No es fácil”) y es solo buenillo en lugar de buenísimo y mucho menos imprescindible. Digamos que es una de esas canciones que desde sus primeros acordes promete limitaciones en fondo y forma. Vaya.
¿En qué momento Bowie decidió incluirla en el resultado final al lado de grandiosidades como Five Years, Soul Love, Starman, Lady Stardust, Ziggy Stardust, Moonage Daydream, Star, Hang on to Yourself, Suffragette City o la desolación hecha canción titulada Rock ‘n’ Roll Suicide? Si quitar / descartar es, en cualquier obra de creación, tan importante o más que poner / incluir… ¿por qué la presencia de It Ain’ t Easy? Diez mejor que 11. Y encima, esa canción ni siquiera la compuso Bowie. La única del disco que no lleva su firma. Era del estadounidense Ron Davies. Debió descartarla y entonces Ziggy Stardust sí que habría conquistado la tierra, la luna, marte y todas las galaxias. Bueno, lo hizo de hecho. Además, no es fácil para un genio convencido de serlo quitar algo. It Ain’ t Easy… El mal sonido (remediado) de una leyenda. Texto: Borja Hermoso
Bob Dylan and The Band, ‘The Basement Tapes’ (1975): le falta un himno
The Basement Tapes, aquellas sesiones de finales de los sesenta que juntaron a Bob Dylan con The Band después de la cruzada eléctrica en los conciertos, guardan una mística que llega hasta nuestros días. No es para menos: publicado en 1975, este disco mostró la grandeza de tan enorme alianza y fue piedra filosofal de lo que luego sería todo un género conocido como Americana (otras piedras fueron discos de The Byrds, Creedence Clearwater Revival o Neil Young). Es una de las obras maestras de Dylan y quizá a la que es más fácil rascarle algo mejorable. Si la frescura, el primitivismo y la inmediatez con la que está tocado este folk-rock-blues tan absorbente es la base de su gran gracia, se podría decir que al disco le falta quizá un himno. Una de esas canciones mayúsculas y definitivas como Dylan dio en otras obras maestras, como Blowin’ in the Wind en The Freewheelin’ Bob Dylan o Like a Rolling Stone en Highway 61 Revisited, por citar dos. Un catálogo de 24 canciones que piden magnífica carretera como pocas, pero en el que, bien pensado, falta una canción aplastante, con aura regia y lírica suprema. Quizá You Ain’t Goin’ Nowhere podría aspirar a ello en todo el conjunto. Texto: Fernando Navarro
Bruce Springsteen, ‘Born to Run’ (1975): una canción propia de un musical de segunda
Estamos en 1975 y Bruce Springsteen ha cumplido 25 años. Sus dos primeros álbumes habían sido gatillazos comerciales y él, que había nacido para ganar, sabía que la industria no lo perdonaría por tercera vez. El chaval de Nueva Jersey, acompañado por la banda de pose macarrilla que lideraba, arriesgó en lo musical, rozando la épica y tentado por el barroquismo de algunas de las mejores producciones de mediados de los setenta. La grabación de los cuarenta minutos que dura Born to Run fue larga y costosa. Su imaginario moral ya estaba consolidado: la huida del pueblo para salvarse, la tensión entre la realidad que condena, el fantasma de la derrota vital y el deseo prometido de salvación a través del sueño americano. Como se lo jugaba todo por el todo, quiso darle un argumento al disco: un día y una noche de verano, en los días oscuros de la ópera rock que demasiadas veces acabó en lo kitsch. Seguramente ese sea el problema cuando empieza a sonar la trompeta de la penúltima canción, Meeting Across the River. La letra es el monodiálogo de un tipo que habla con un tal Eddie para conseguir dinero, alquilar un coche, redimirse. Tampoco es que esté creando una estampa muy distinta a Darkness on the Edge of Town, no nos engañemos, pero es que después viene la oscura catedral de los derrotados que es Jungleland. ¿Tiene sentido aquel encuentro en el río? El problema, además de una rima tan facilona como “smile” con “style” en la cuarta estrofa, es que la entonación dramática la aleja del tono del disco y se acerca a una pieza para solista en un musical de segunda (Dios, negaré haberlo escrito). De este disco es la que menos veces ha tocado en directo. Texto: Jordi Amat
Camarón, ‘La leyenda del tiempo’ (1979): la incómoda reverberación
A una grabación que ha sido históricamente muy valorada en sucesivas listas, la última en Babelia (marzo de 2025) liderando Los 50 mejores discos de la música española en el último medio siglo, puede resultar osado hacerle una objeción que, sin embargo, tiene. Durante mucho tiempo fue una verdad asumida, tal vez de culto, pero a la vez, un extendido secreto a voces: La leyenda sonaba mal, así, sin paliativos. Tuvieron que pasar más de tres decenios para que se pusier



