Según los psicólogos que atienden emergencias, “incertidumbre” es el sustantivo que más duele después de una catástrofe. Doce horas después del accidente entre un AVE de Renfe y un tren Iryo a la altura de Urda (Toledo), decenas de madres, novias, amigos o hermanos seguían recorriendo hospitales tratando de saber algo de sus familiares. La Guardia Civil de Madrid, Toledo, Córdoba y Sevilla había recogido a las 20.30 del miércoles 29 denuncias sobre desaparecidos de los que nadie sabía nada.

El grupo de amigos de David llegó desencajado al hospital de Toledo. El día anterior se habían juntado para tomar una cerveza, pero David Martínez, un ingeniero de 25 años, se fue un poco antes porque al día siguiente tomaba un tren a Sevilla por motivos de trabajo.

Habían estudiado juntos en Majadahonda y en Las Rozas y en el grupo de WhatsApp que compartían se organizaban quedadas, el equipo de fútbol o colgaban cualquier cosa que les pasaba por la cabeza. Así que, pasadas las 8.40, David envió un mensaje. Netanyahu había ganado las elecciones en Israel y aprovechó para contar lo mucho que le desagradaba el presidente israelí. “Joder, se ha parado el tren. Mierda de Renfe”, dijo en un segundo mensaje donde la hora quedó marcada en el grupo como un macabro recordatorio. Solo unos minutos más tarde, el tren reanudó la marcha antes de impactar a las 8.54 contra un Iryo detenido en la vía.

“Nos enteramos del accidente y sabíamos que él iba en ese tren porque ayer nos lo contó. Así que llamamos a su empresa y nos confirmaron que iba en el coche siete”, recuerda su amigo Diego. Y en pocos minutos se movilizaron en dos coches: uno estaba en el trabajo, otro en casa, otro llegando a la oficina… A partir de ahí comenzó un peregrinaje que siempre terminaba con la misma respuesta: “Aquí no está”.

Sus padres acudieron al lugar del accidente, pero aquello era un caos: heridos, vagones destrozados, ambulancias, policías, helicópteros y médicos trataban de ordenar el siniestro. Sus amigos, mientras tanto, recorrían hospitales, pabellones deportivos o centros de medicina legal. Cualquier lugar donde pudieran tener alguna pista sobre él. Fue entonces cuando una enfermera creyó haber visto a alguien parecido a David y dio el aviso. Antes de comer, los seis amigos llegaron demacrados al hospital de Toledo, pero les dijeron entonces que los heridos urgentes habían sido atendidos según iban llegando y sin saber su nombre. Después dieron las dos de la tarde, las tres, las cuatro… y pasadas las cinco de la tarde revisaron los nombres de los 68 fallecidos, pero ahí tampoco estaba el nombre de David.

A esa hora, lo mismo que hacían ellos lo hacían decenas de personas que peregrinaban en busca de sus conocidos. Entre ellos estaba Antonio Vázquez, apoderado del torero sevillano Pablo Aguado, que viajaba en el tren Iryo accidentado. Su hijo Fran contó que iba en el vagón ocho, uno de los más afectados. O José Ángel San Emeterio, de 52 años, que se dirigía a Sevilla, pero su hermana era incapaz de saber qué tren había escogido. O Ana Vilés, de 65 años, que viajaba en el coche siete para asistir a la boda de su hija. Entre los pasajeros buscados también estaba Juan José García Palacios, un guardia civil de 25 años que había terminado su turno de trabajo en Madrid y regresaba a Utrera (Sevilla) para pasar unos días con sus padres.

Junto a todos ellos, el nombre y el rostro sonriente de David ya circulaba de forma frenética de teléfono en teléfono. Ibai Llanos había pedido en sus redes la colaboración de sus seguidores para encontrarlo y lo mismo hizo el jugador del Real Madrid Fede Valverde, que movió su imagen y la de otros desaparecidos en sus cuentas. “Es un tío de puta madre. Ayer nos estuvimos riendo con él precisamente bromeando con los trenes”, dice su amigo Íñigo.

Cerca de las nueve de la noche, llegó un nuevo mazazo. El personal del hospital de Toledo confirmó que David tampoco era uno de los 30 heridos ingresados allí. En la zona del accidente, las grúas continuaban a esa hora moviendo los vagones bajo potentes luces mientras los seis amigos emprendían un nuevo via crucis por cada uno de los hospitales de Madrid a donde había llegado algún herido. El 12 de octubre, La Paz, Getafe… pero en ninguno de ellos tenían noticias suyas. Al filo de la medianoche, la palabra incertidumbre era ya una pesada losa sobre todos. Lo único cierto de esta noche aciaga son los buenos amigos que tiene David.