Este lunes se cumplen dos semanas del día en que Lionel Messi dijo las cinco palabras que nadie en Argentina esperaba oír: "Me retiro de la Selección". Comienza una nueva era para el equipo que dirige Lionel Scaloni, quien todavía no confirmó si sigue o no, y arranca otra vida para el 10, a los 39 años de edad, dedicado de lleno al Inter Miami. En el medio los hinchas, todavía incrédulos.
Desde que dijo adiós, Messi había jugado dos partidos y cosechó sendos empates ante el Atlanta United del Tata Martino y el Chicago Fire de Robert Lewandowski, y habrá que anotarle el tercero. Es que su equipo está lejos de ser confiable; todo lo contrario que él, que gambetea, asiste y mete golazos, como el que hizo contra Nashville, el súper líder de la Conferencia Este. Sin embargo, el Inter volvió a empatar, esta vez 2-2.
Leo se enoja, pide tarjetas, discute con el árbitro, con el cuarto y con todo aquel que le impida alcanzar el objetivo de toda su vida: ganar. El mejor futbolista de todos los tiempos es también el más competitivo, y ese fuego sagrado no se apaga ni siquiera jugando al lado de futbolistas que difícilmente pueden jugar en la Primera C del fútbol argentino.
Por eso Messi refunfuña y revolea los brazos al ver que el ecuatoriano Fricio Caicedo tira un centro a cualquier lado cuando la jugada pedía un pase más hacia atrás. Le da indicaciones, intenta explicarle: el chico tiene 18 años y podría ser su hijo. Hay que equivocarse y feo para provocar semejante reacción en un tipo que está acostumbrado desde siempre a la frustración de aceptar que los demás juegan a otro deporte.
Inter Miami perdía desde los 3 minutos por el enésimo error defensivo de la temporada. Pero caía ante Nashville, un equipo de los serios, donde juega el ex Boca y Huracán, Cristian Espinoza, y que venía arrasando en la Conferencia Este. A Leo se le habrá pasado por la cabeza la tabla de posiciones, porque tras el 0-1 le estaban sacando 12 puntos, así que frunció el ceño y apretó el acelerador.
Desde un tiro de esquina forzó el empate, un cabezazo en contra de un tal Reed Baker-Whiting que selló el 1-1 y algún día les contará a sus nietos que metió un gol tras centro de Leo, no importa que haya sido en su propio arco. Lo del rosarino con los tiros de esquina es para estar atentos: es el único gol que todavía no pudo hacer, y parece que se convirtió en una obsesión que le da sus frutos.
Mientras tanto, Messi sigue sumando de los goles normalitos. Recibió un pase suave de Rodrigo De Paul en la pancita de la medialuna del área, abrió el pie zurdo y la puso pegada al palo derecho del arquero Brian Schwake, que voló para la foto. Fue el tanto 928 en la biografía de Leo, con 423 asistencias en 1174 partidos.
Pudieron ser más gritos porque en el segundo tiempo Leo también reventó el travesaño, después tomó un rebote y explotó el palo, y en una de las últimas tuvo un mano a mano en el que gambeteó a Schwake pero cuando remató al arco se la sacaron en la línea. La sensación es la misma desde que cruzó el Atlántico hace tres años: solo no puede.
El flaco Sam Surridge, un lungo inglés que se parece a Martín Palermo, el mismo que había puesto el 1-0 en el arranque, agarró un rebote en el minuto 91 y puso el 2-2. La carita de Leo lo dijo todo: resignado, con bronca y hasta con culpa porque no lo liquidó. Fue su tercer empate consecutivo desde que le dijo adiós a la Selección, ¿y si Scaloni lo convence de hacerse una escapada en la fecha FIFA?
Sobre la firma
Newsletter Clarín




