Inés García tiene 21 años y un físico delgado que suele llamar la atención en redes sociales. Para José Ruiz, entrenador especializado en cambios físicos, ese punto de partida no debería leerse como una meta terminada.

El especialista resume esa ventaja con una expresión: la “divina juventud”. Su planteo no pasa por bajar más de peso, sino por pensar qué puede ocurrir durante los próximos nueve años si el entrenamiento y los hábitos empiezan ahora.

José Ruiz, entrenador

Cuando Ruiz observa el físico de Inés García, su primera recomendación no es sumar kilómetros de carrera ni perseguir un porcentaje de grasa más bajo. El cambio que propone va en otra dirección: usar estos años para ganar masa muscular.

“Vamos a aprovechar el cuerpo que tienes ahora para construir el cuerpo que quieres tener a los 30”, explica. Ruiz plantea dos o tres sesiones semanales. El trabajo incluye piernas, glúteos, espalda, hombros, brazos y zona media. La intención es construir una base general y no concentrar toda la rutina en zonas asociadas con objetivos estéticos.

La frecuencia coincide con las recomendaciones para adultos. La Organización Mundial de la Salud aconseja realizar actividades de fortalecimiento que involucren los principales grupos musculares al menos dos días por semana.

El American College of Sports Medicine publicó en 2026 una actualización en la misma línea: entrenar todos los grandes grupos musculares al menos dos veces por semana y progresar con el tiempo puede ser suficiente como estructura básica para una persona sana.

Qué puede cambiar entre los 21 y los 30 años

La edad aparece en el análisis de Ruiz por una razón concreta. A los 21 años, muchas consecuencias de una rutina irregular todavía pueden pasar inadvertidas: dormir poco, entrenar por temporadas o encadenar semanas de sedentarismo no siempre se reflejan rápido en el espejo.

Pero el cuerpo no permanece igual de forma indefinida. La masa muscular suele alcanzar su punto máximo durante la adultez joven y después comienza un descenso gradual. Distintos trabajos ubican el inicio de esa pérdida entre los 30 y los 40 años.

Ahí aparece el cálculo de Ruiz con Inés García: entre los 21 y los 30 hay nueve años para entrenar sin necesidad de hacerlo de manera extrema. Ese tiempo puede servir para mejorar técnica, fuerza, estabilidad y tolerancia al esfuerzo.

También cambia la lectura de la balanza. Una persona puede mantener un peso parecido y, sin embargo, modificar de forma importante su composición corporal si aumenta músculo y reduce grasa.

En ese punto, el entrenador se aleja de una lectura puramente estética. Un abdomen plano a los 21 dice poco sobre cómo responderá el cuerpo una década más tarde si no existe fuerza, descanso o actividad sostenida detrás.

Comer, dormir y caminar: la parte que no se ve en el gimnasio

Ruiz tampoco reduce el proceso al entrenamiento. Para desarrollar músculo hace falta comer suficiente, incorporar proteína y evitar vivir encadenando dietas restrictivas que dificulten sostener el trabajo físico.

El descanso entra en la misma ecuación. Dormir mal durante una noche no define nada, pero hacerlo de forma repetida puede afectar la recuperación y volver más difícil mantener una rutina de ejercicio.

A eso suma una idea sencilla: caminar y moverse durante el día. Una persona puede entrenar tres veces por semana y pasar el resto del tiempo sentada; por eso, el nivel de actividad cotidiana también importa.

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