Ponerle nombre a un auto, a una planta o incluso a una computadora convierte un objeto cotidiano en algo más que una cosa identificable. El nombre puede quedar asociado a una historia, una etapa de la vida o simplemente a la relación que una persona establece con aquello que forma parte de su día a día.

Esta práctica aparece en contextos muy distintos. Puede tratarse de un auto que alguien conserva desde hace años, una planta que cuida con especial atención o una computadora que utiliza a diario.

La psicología tiene un concepto para definir parte de este comportamiento: el antropomorfismo, es decir, la tendencia a atribuir características humanas a entidades que no son personas. Pero ponerle nombre a un objeto no significa creer que tiene sentimientos, pensamientos o una personalidad.

Qué dice la psicología sobre bautizar a los objetos

El psicólogo cognitivo Serge Brédart, de la Universidad de Lieja, estudió esta conducta en 130 adultos. Les preguntó si alguna vez habían puesto un nombre personal a un objeto durante su vida adulta y, en caso afirmativo, si le habían atribuido características psicológicas.

De los participantes, 47 habían bautizado al menos un objeto. Los autos fueron los más frecuentes, seguidos por dispositivos electrónicos, peluches, casas o habitaciones y electrodomésticos. También apareció una planta entre los objetos mencionados.

Quienes habían puesto nombre a objetos obtuvieron puntuaciones más altas en una escala que medía su tendencia a atribuir características humanas a entidades no humanas. Pero el resultado no significa que ponerle nombre a un objeto sea lo mismo que considerarlo una persona: el 40,4% de quienes habían bautizado algún objeto no le atribuían características psicológicas.

Esto permite hacer una distinción importante. Una persona puede darle un nombre a algo porque tiene un significado especial para ella, porque lo identifica de una manera particular o porque forma parte de su vida cotidiana, sin pensar que ese objeto tiene una mente propia.

En ese sentido, ponerle nombre puede ser una forma de dotar de identidad a un objeto sin llegar a atribuirle sentimientos, pensamientos o intenciones. La investigación de Brédart muestra que ambas conductas pueden aparecer relacionadas, pero no son exactamente lo mismo.

Llamar “Lola” a una planta o “José” a un auto no significa que una persona sea inmadura ni que tenga una relación extraña con la realidad. La evidencia disponible apunta a una relación entre esta costumbre y una mayor tendencia al antropomorfismo, pero también muestra que ponerle nombre a un objeto no exige imaginar que tiene una vida interior.

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