Abelardo de la Espriella tiene ideas claras: está “tocado por el Espíritu Santo”, fue enviado por Dios para salvar a Colombia. La “batalla cultural” no le basta: la política es una “guerra espiritual”. Tras ganar las elecciones, consagró la patria a Cristo. Antes de tomar posesión, reunió a los ministros en oración, de rodillas ante él. Luego anunció la contrarrevolución cultural. Dios «regresará a las escuelas», Dios «estará en el centro de cada decisión». Colombia es un país laico, objetó alguien. «¡Viva Cristo Rey!», respondió él. En fin: otro «hombre de la Providencia», uno más.

Nayib Bukele ha sentado un precedente: país pequeño, gran prestigio. Al asumir el poder, dictó las reglas: «nadie se interpondrá entre Dios y su pueblo». Excepto él: Dios legitima su poder, Dios lo quiere al mando. Quien se opone es «satánico»: «tenemos a Dios y al pueblo salvadoreño de nuestro lado». Para doblegar a los congresistas rebeldes, «le pregunté a Dios directamente».¿El pluralismo? Herejía. ¿La laicidad? Una farsa: «Dios está en todas partes».

Santiago Abascal no presume diálogos con Dios; en la España actual, daría risas. Actualiza el viejo arsenal nacional-católico: el antisemitismo se ha convertido en antiislamismo, el antiliberalismo en posliberalismo. La cristiandad es su horizonte, la secularización su obsesión. La política no es contrato racional, sino un orden natural; sobre los individuos planea la identidad religiosa. Su Occidente es el Occidente cristiano. Quien lo concibe plural, no es occidental. Pero nosotros, sentencia, «reconstruiremos todo».

Daniel Noboa es un pragmático. Pero la idea de ser investido por Dios empieza a gustarle. ¿La fe privada se convertirá en fe política también en Quito? Rodrigo Paz Pereira es un moderado, pero la ha restablecido en La Paz, donde ya impera la tríada «Dios, patria y familia». José Antonio Kast es de otra pasta, Chile tiene otra historia, nada propensa a excesos místicos. Pero insiste tanto en la «verdad» como para dudar si es compatible con la libertad: si la verdad cristiana es el a priori absoluto, ¿las opiniones diferentes serán a priori falsas?

Esto, guste o no, es el espíritu de la época, la previsible resaca del desastre bolivariano, el vaivén del péndulo de un uso de Dios a otro opuesto. ¡Si lo dejaran en paz, de una vez! Y estos son los amigos de Javier Milei. Junto con Donald Trump y el clan Bolsonaro, invocan a Dios por encima de todo y la cruzada purificadora, exhiben investidura religiosa y anuncian la salvación. Entre ellos, Milei aspira a primar, es el más radical. ¿Cómo tolerar críticas si te guían las «fuerzas del cielo»? ¿Cómo plegarse a compromisos si encarnas la «luz contra las tinieblas», el «bien contra el mal», la «verdad contra la mentira»? A la Constitución prefiere los libros de los Macabeos, a la tolerancia el maniqueísmo del Deuteronomio, al diálogo leal la excomunión violenta, al debate racional el dogma de fe. ¡Ay de quien cuestione sus certezas!: «la Sagrada Escritura nos lo ordena». Quién discrepa está «en contra del plan de Dios».

Pero Milei es diferente, protestan sus seguidores indignados. ¡No es populista como los demás miembros del grupo! ¡Es un liberal! ¡No apela al pueblo, celebra al individuo! El Milei mesiánico es para el público: palabras, show, superestructura; el Milei económico que abre mercados y sanea finanzas es el verdadero Milei, el único que importa. ¿Se habrá sin querer equivocado de compañía? ¿O no hay peor ciego que el que no quiere ver? Ven lo que les conviene, el economista pro mercado, niegan lo que les incomóda, el fanático religioso.

¿De verdad a Milei le importa el individuo? ¿O, al igual que el «pueblo» para Ernesto Laclau, el individuo es para Milei un «significante vacío» para llenar a gusto? No menciona al «pueblo», la palabra del enemigo. ¿Pero los «argentinos de bien» a los que tanto evoca no son un «pueblo imaginario»? ¿Mítico, homogéneo, virtuoso como los pueblos populistas? Milei habla en liberal, pero piensa como iliberal: su mundo no está poblado por individuos autonómos y responsables; está dividido en nosotros y ellos, buenos y malos, amigos y enemigos.

Nada lo demuestra mejor que su concepción económica. Los sueños de substituir la política con el mercado, de crear la armonía social sin Estado, son utopías ciegas ante al individuo, indiferentes a las asimetrías de conocimiento, poder y riqueza entre las personas. Utopías holísticas, casi diría colectivistas. Lo que le importa a Milei es el orden del conjunto, no el bienestar de quienes lo conforman. Le es ajena la «simpatía» social en la que Adam Smith basaba su filosofía moral.

El Milei económico, cantor del individuo soberano sobre su proyecto de vida, y el Milei profético, devoto del orden moral establecido por Dios, están reñidos. O uno u otro. De hecho, el primero se tambalea bajo el peso de la realidad, el segundo se exalta para escapar de la misma: el libertario se ha vuelto conservador, el individualista mesiánico, el globalista nacionalista, el mercader de órganos antiabortista.

¿Por qué no? La libertad económica no está de moda en el mundo. El fundamentalismo religioso, en cambio, es una marea imparable. No sé si beneficiará a la economía. Sin duda no fortalecerá a la democracia: quien pretende gobernar en nombre de Dios, fomenta guerras de religión. El liberalismo nació para impedirlo. En fin: Milei está en su salsa, dime con quién andas y te diré quién eres.

Sobre la firma

Newsletter Clarín