Cuando se permite que el error de un solo hombre provoque decenas de víctimas mortales, ¿falla el hombre o falla el sistema? Es la pregunta, retórica, elaborada de distintas formas, pero con idéntico argumento, que lanzan a este periódico un experto español en investigación de accidentes ferroviarios y varios maquinistas. La imagen de un par de trenes de alta velocidad reventados, con las vías retorcidas, disparadas en vertical hacia el cielo, como si nunca hubieran sido de acero, y cadáveres tapados a la espera del juez se ha repetido en España dos veces en apenas nueve meses y en la misma línea: Madrid-Sevilla. En Adamuz (Córdoba) murieron el pasado enero 46 personas. En las proximidades de Urda (Toledo, 2.500 habitantes), la cifra de víctimas mortales alcanzaba anoche los 68, antes de que los especialistas pudieran levantar los restos de los vagones siniestrados. El país, de hecho, amaneció con esa comparación. “Va a ser peor que Adamuz”, advertían a los medios de comunicación, ya en las primeras horas, fuentes del Gobierno.

En la zona cero de los trenes siniestrados, un AVE de Renfe con 397 personas a bordo, y un Iryo en el que viajaban 147 pasajeros, entre ellos un bebé, se repitió el trasiego de uniformes y vehículos de las grandes catástrofes: decenas de ambulancias que se cruzaban con coches de funerarias; camiones de bomberos, que cedían paso a los de la UME, los de Protección Civil, los de la Guardia Civil… El tren de Renfe había salido a las ocho de la mañana de la estación madrileña de Atocha con destino a Sevilla, donde debía haber llegado a las 10.39. El Iryo había partido un poco antes, a las 7.54, cubriendo el mismo trayecto. A las 8.53, el primero impactó contra el segundo, que se encontraba detenido en la vía, pese a lo cual, el maquinista del AVE no había detenido la marcha o aplicado el sistema conocido como “a la vista”, que consiste en circular a una velocidad mucho menor para tener margen si sucede algo imprevisto. Según el ministro de Transportes, Óscar Puente, que compareció en rueda de prensa pasadas las dos de la tarde, cinco horas después del accidente, los motivos de esa colisión son “inexplicables”. Lo repitió tres veces: “inexplicable”. Hubo un fallo informático, dijo, pero la orden de retomar la marcha la dio un responsable del centro de control. En los audios de sus conversaciones se le oye decir: “Reanude con marcha normal”.

Uno de los primeros en llegar al lugar fue Antonio García Condado, el farmacéutico de Urda, de 78 años. “Me enteré del accidente porque me dijeron que no había médico en el pueblo, porque habían chocado dos trenes. Y fui corriendo para allí”. Como Antonio está cerca del pabellón donde esperan los familiares, periodistas de distintos medios le preguntan una y otra vez lo que vio, pero la repetición no mitiga el impacto de las escenas que presenció. Cada vez que lo cuenta, Antonio vuelve a emocionarse: “Estaba lleno de cadáveres entre un amasijo de hierros... Yo intenté calmar a los que pude. Le coloqué la cabeza a uno que le pedía a una mujer que le despidiera de sus hijos. .. Le dije a un hombre con el brazo seccionado que enseguida iba a venir una ambulancia. Fui a la farmacia, cogí todo lo que pude y volví. Se ha quedado vacía, claro…”.

Entre los uniformes de todos los colores (rojo de la UME, verde de la Guardia Civil; batas blancas de médicos; naranja de Protección Civil…) que se movían a toda prisa en la zona cero, había también, una sotana negra. José Manuel, sacerdote en una localidad cercana (Consuegra), asegura que al enterarse del accidente, cogió el coche y se dirigió hacia allí. “Cuando llegué, pude acceder a la vía con otro sacerdote, y lo que nos encontramos era dantesco: cuerpos desmembrados, caras totalmente ensangrentadas… Pude dar la extremaunción a dos personas. También hablé con heridos y me sorprendió mucho cómo algunos le decían al personal sanitario que fueran a ayudar a otros que estaban peor que ellos. Había de todo, pero la mayoría me pareció gente joven”.

El puesto de trabajo de Daniel Losada, de Cruz Roja, se llama “técnico de gestión de desastres”, y los mejores profesionales en esa disciplina, explica, son los que han empezado a prepararse mucho antes, con simulacros, formándose en algo tan difícil como consolar vidas que acaban de reventar por un imprevisto. Esa experiencia también le ha enseñado que algunas secuelas tardan en aparecer y que no sólo afectan a los directamente implicados. Puede aumentar el miedo social a viajar en tren, por ejemplo. Mientras ve a su pueblo tomado por los profesionales de las emergencias y periodistas que hablan en distintos idiomas, Martín, vecino de Urda, de 70 años, recuerda: “Cuando inauguraron el tren de alta velocidad a Castellón, fui y volví en el día. Simplemente porque me hacía ilusión probarlo, la idea de poder ir a 250 kilómetros por hora”.

En el pabellón de espera de los familiares de los desaparecidos un enviado de asistencia consular de Rumania hacía preguntas a una agente de la UCO. Entre las víctimas y los heridos de los trenes siniestrados hay viajeros de distintas nacionalidades. Un vecino de Urda cedió también su casa, frente al polideportivo, para atender a los familiares. De allí salían y entraban, durante toda la tarde, hombres y mujeres descompuestos de todas las edades, y, tras ellos, psicólogos de Renfe y de Iryo, chalecos de la Guardia Civil.

El accidente ferroviario también hizo recuperar una de las palabras aprendidas en otra tragedia: el triaje. Ese concepto sobre el que están familiarizados los médicos y ahora también los ciudadanos de a pie que consiste en, ante una multitud de víctimas, señalar a las prioritarias, es decir, las que pueden morir, y derivar a otros recursos a los que han tenido más suerte y presentan heridas, al menos físicas, más leves. Este miércoles, ir a uno de los dos pabellones deportivos habilitados para la emergencia, aunque fuera con los pantalones llenos de sangre, una brecha y el cuerpo lleno de golpes, era un motivo de alegría, significaba, entre otras cosas, que el herido podía comunicarse con normalidad, dar el número de teléfono de su familiar, avisar a la persona más angustiada de la suerte que había tenido, entre ellos, un compañero de este periódico, Antonio Jiménez Barca, que antes de abandonar, tembloroso y lleno de golpes, el pabellón del “triaje”, contó para todos lo que había visto y vivido. Jorge Guales, colombiano, de 53 años, es uno de los supervivientes del Iryo, el tren donde se produjeron la mayoría de víctimas mortales. Iba en el vagón número 7. Iñaki García, de 60 años, en el coche 2. Intentaron agarrarse a lo que fuera. Algo muy parecido a la suerte los salvó. El balance de heridos del siniestro asciende a 107 hospitalizados, 18 de ellos en estado crítico. A las 20.30, las oficinas de las comandancias de la Guardia Civil de Madrid, Toledo, Córdoba y Sevilla habían recogido un total de 29 denuncias de familiares y allegados de desaparecidos como consecuencia del accidente, aunque sin aclarar si había desaparecidos que acumulaban más de una denuncia.

La precampaña electoral, sobre la que giraba toda la conversación hace apenas unas horas, se suspendió, igual que Urda dejaron de hablar de la inundación por una tormenta que había acaparado sus conversaciones en los últimos 15 días. Todos los partidos anunciaron que suspendían los actos previstos. No es de buen gusto pedir el voto cuando casi 70 personas han perdido la vida en una actividad tan rutinaria como viajar en tren y cuando otros cientos padecen la angustia mayúscula de no saber si han perdido al amor de sus vidas. Todos, menos uno. Vox rechazó cancelar sus actos de precampaña y fue el primero en anunciar una querella contra el personal de Adif (Administración de Infraestructuras Ferroviarias) por homicidio.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reconoció lo evidente: “No es asumible dos accidentes de alta velocidad en menos de un año”, y se desplazó al lugar de este segundo siniestro ferroviario en apenas nueve meses. Allí lanzó una promesa que sabía a poco a posteriori: “Se llegará hasta el final y, si ha habido negligencias, se sabrá”. El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo viajará este jueves a la zona. Antes de hacerlo, clamó: “España tiene derecho a saber qué está pasando con sus infraestructuras”. Entre los desaparecidos se cuenta una exministra del principal partido de la oposición, Fátima Báñez. La extitular de Empleo y actual presidenta de la Fundación CEOE viajaba en uno de los trenes siniestrados En las inmediaciones del Ministerio de Transportes, en Nuevos Ministerios, la policía cargó contra los concentrados (varios centenares) en protesta por lo ocurrido. El Rey transmitió sus condolencias a los familiares de las víctimas.

El presidente autonómico, Emiliano García Page, explicó que los trabajos en la zona cero continuarían por la noche. Otra larga noche para familiares de hombres, mujeres y niños que, simplemente, a primera hora de la mañana de un miércoles, cogieron un tren de alta velocidad en Madrid con destino a Sevilla.

Con información de Lucía Franco, Laura Llach, Jacobo García, José Marcos, Guillermo Abril, Virginia Martínez, César Alepuz, Juan Martínez y Fernando Criado.