Caminar por una ciudad donde nadie conoce nuestro pasado puede producir una sensación particular. No hay antiguos compañeros, vecinos ni familiares que recuerden cómo éramos hace diez años. Tampoco existe todavía una rutina que indique qué lugares frecuentamos o cómo solemos comportarnos.
Para algunas personas, ese anonimato puede sentirse como una oportunidad para mostrarse de otra manera. La psicología estudió qué ocurre con el autoconcepto cuando alguien cambia de entorno y encontró que los lugares y las relaciones que nos rodean participan en la construcción de la identidad más de lo que parece.
Qué ocurre con la identidad cuando una persona se muda
El psicólogo Shigehiro Oishi, entonces investigador de la University of Virginia, y sus colegas realizaron tres estudios para analizar la relación entre las mudanzas y la forma en que las personas se definen.
El trabajo, publicado en Journal of Personality and Social Psychology, encontró diferencias entre quienes tenían historias de mayor y menor movilidad residencial.
Entre las personas que se habían mudado con mayor frecuencia tenía más peso el “yo personal”, construido alrededor de características individuales como rasgos y habilidades. Entre quienes habían cambiado menos de residencia adquirían mayor importancia aspectos colectivos de la identidad, como la pertenencia a determinados grupos.
El experimento que analizó cómo nos ven los demás
Los investigadores también estudiaron qué ocurría cuando otra persona reconocía correctamente determinados rasgos de los participantes.
Mediante un experimento y un seguimiento de interacciones cotidianas durante dos semanas, encontraron que quienes acumulaban más mudanzas experimentaban mayor afecto positivo cuando alguien identificaba correctamente sus características personales. El resultado no significa que mudarse permita descubrir automáticamente quién se es en realidad. Sugiere, en cambio, que la movilidad puede estar relacionada con una identidad más apoyada en características individuales que en pertenencias sociales estables.
Cuando desaparecen las expectativas conocidas
El psicólogo social Stefan Hormuth estudió las mudanzas como períodos especialmente útiles para comprender las transformaciones del autoconcepto.
Su planteo parte de una idea sencilla: las personas, los objetos, las rutinas y los lugares cotidianos proporcionan continuamente información sobre quiénes somos. Una mudanza altera muchas de esas referencias al mismo tiempo. Ya no está el vecino que espera determinado comportamiento ni el grupo de amigos dentro del cual cada integrante ocupa desde hace años cierto lugar.
El nuevo ambiente puede ofrecer así oportunidades para desarrollar rutinas y relaciones diferentes
Los demás también influyen en cómo actuamos
La psicología social ha documentado además el llamado efecto audiencia: las personas pueden modificar su comportamiento cuando saben que otros las observan o evalúan.
Eso ayuda a explicar por qué un entorno desconocido puede sentirse diferente. En una ciudad nueva todavía no existe una red de personas con expectativas construidas a partir de años de experiencias compartidas. Sin embargo, eso no significa que familiares y amigos hayan “decidido” necesariamente quién debe ser una persona. Las relaciones sociales son solamente una de las múltiples influencias que intervienen en la construcción del autoconcepto.
Una mudanza puede reorganizar lo que consideramos importante
Kristen Kling, Carol Ryff y Marilyn Essex, de University of Wisconsin-Madison, estudiaron cómo atravesar una mudanza podía relacionarse con cambios en el autoconcepto de mujeres mayores.
Video
Los investigadores analizaron dimensiones como familia, amistades, salud, situación económica y actividades cotidianas. Encontraron modificaciones en la importancia psicológica que algunas de esas áreas adquirían después del cambio. Otro estudio de Ryff y Essex, realizado con 120 mujeres de alrededor de 75 años, también mostró que la manera de interpretar una mudanza y sus consecuencias estaba relacionada con distintas dimensiones del bienestar psicológico.
Por qué una ciudad puede empezar a sentirse como “mi lugar”
La psicología ambiental utiliza desde hace décadas el concepto de identidad de lugar para explicar cómo determinados ambientes terminan incorporándose a la manera en que una persona se percibe.
Una calle, un barrio o una ciudad no funcionan únicamente como escenarios. Allí se desarrollan relaciones, experiencias y rutinas que pueden adquirir significado personal. Por eso también es posible que un lugar inicialmente desconocido termine convirtiéndose en una parte importante de la propia identidad.
¿Es realmente nuestro “verdadero yo”?
La evidencia no permite afirmar que alguien que se siente diferente lejos de casa haya encontrado finalmente su personalidad auténtica. Tampoco significa necesariamente que esté escapando de su vida anterior.
Lo que muestran las investigaciones es más complejo: la identidad se desarrolla en interacción con el entorno y puede reorganizarse cuando ese contexto cambia.
Llegar a una ciudad donde nadie conoce nuestro pasado elimina temporalmente muchas referencias anteriores. Y esa ausencia puede abrir un espacio poco habitual: decidir nuevamente qué rutinas construir, con quién relacionarse y qué aspectos de uno mismo mostrar a los demás.
Newsletter Clarín




