Cada vez que se compara la agricultura argentina con la brasileña, aparecen conclusiones apresuradas. Brasil exhibió una expansión extraordinaria en las últimas décadas y la tentación es buscar allí la receta. Creo que es una pregunta mal planteada. Argentina necesita aprender de aquello que Brasil hizo bien: sostener en el tiempo una visión compartida del agro como plataforma de desarrollo.
Dos agriculturas distintas
Conviene empezar por reconocer que se trata de dos agriculturas que no deben confundirse. El crecimiento brasileño respondió a una historia singular: la incorporación productiva del Cerrado y la construcción de capacidades científicas, con Embrapa como pieza central, para adaptar cultivos y tecnologías de zonas templadas a condiciones tropicales. Es una agricultura de enorme escala, pero también más demandante de insumos y con déficits logísticos.
La Argentina siguió otro camino. Construyó una agricultura de altísima eficiencia productiva y empresarial, capaz de adaptarse incluso a la presión fiscal y a la inestabilidad macroeconómica.
La lección: continuidad
La principal lección de Brasil es la continuidad institucional. Allí también hay disputas, cambios de gobierno y diferencias entre actores. Pero la dirección general del agro se discute menos que los instrumentos. Esa estabilidad redujo la incertidumbre y favoreció decisiones privadas de largo plazo.
Los biocombustibles, sostenidos durante décadas con mandatos de mezcla e incentivos, vincularon al agro con la matriz energética. El Plano Safra demostró que el crédito puede ser una herramienta de política productiva, no solo por su volumen, sino por su articulación el conjunto de la política agrícola. La inversión en investigación agrícola fue una política productiva y no solo como complemento de las universidades. Y la presión internacional empujó a Brasil a transformar exigencias ambientales en activos económicos.
Ninguno de estos instrumentos habría funcionado por sí solo, pues forman parte de una arquitectura con coordinación y horizonte temporal.
Una agenda para convertir eficiencia en inversión
No se trata de copiar una nueva lista de programas, sino de organizar una secuencia de decisiones capaces de inducir inversión privada, escalar exportaciones y generar desarrollo territorial.
El primer eje es la agroindustria. Una política estable de biocombustibles puede activar una cadena mucho más amplia que el combustible en sí. El maíz destinado a etanol genera burlanda, que a su vez mejora la producción animal y favorece la inversión en riego. Cada eslabón vuelve más viable al siguiente.
El segundo eje es el riego, el cual debe dejar de pensarse como una tecnología de campo. Es infraestructura productiva y territorial: estabiliza rindes, intensifica la producción, mejora el carbono y atrae inversiones regionales.
El tercer eje son los fertilizantes. Brasil depende fuertemente de insumos importados, mientras que la Argentina tiene gas en Vaca Muerta y potasio en Mendoza y Neuquén. El objetivo es doble: resolver nuestras restricciones domésticas y construir una plataforma de abastecimiento para Brasil y el resto del Cono Sur.
Dos ejes más. Necesitamos reglas confiables para el carbono y la conservación, que permitan que la sostenibilidad genere valor y financiamiento en lugar de más incertidumbre. Incorporar la inteligencia artificial con un criterio simple: lograr predicción no solamente en lo privado.
Esto no depende de una sola administración. Productores, empresas, universidades, sistema científico, financiamiento y Estado deben construir acuerdos básicos capaces de sobrevivir a los ciclos políticos. La institucionalidad debe custodiar la dirección estratégica incluso cuando cambien los instrumentos.
De la complementariedad al poder de negociación
La asimetría de escala entre Brasil y la Argentina es real. Pero no impide una relación basada en respeto profesional, aprendizaje recíproco y complementariedad productiva.
Esa integración no debería limitarse a comerciar más entre nosotros. Su verdadero valor está en aumentar nuestra capacidad conjunta de negociación frente a las grandes potencias y los grandes proveedores globales de tecnología e insumos.
También en reducir el riesgo de quedar expuestos a decisiones externas unilaterales sobre tecnologías que nuestros propios sistemas consideran seguras.
Convergencia regulatoria, cooperación científica y coordinación comercial son herramientas de autonomía, no de aislamiento. El objetivo no es cerrar la región, sino llegar al mundo con mayor capacidad de decisión.
El agro que no termina en el campo
El agro del futuro integra energía, minería, industria, ciencia, tecnología, financiamiento e infraestructura. Biocombustibles, maíz, riego, carne, fertilizantes, gas, potasio, carbono e inteligencia artificial no son agendas separadas: son piezas de una misma estrategia de desarrollo.
La Argentina tiene los activos. Lo que nos falta es la capacidad de ordenarlos detrás de reglas previsibles y sostenerlos en el tiempo. Ese es el verdadero aprendizaje brasileño: no un programa en particular, sino la decisión colectiva de no volver a empezar de cero cada vez.
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