“Cada año pasa más rápido” es una frase que muchas personas empiezan a repetir a medida que envejecen. Los veranos parecen más cortos, las fiestas llegan enseguida y una década que antes sonaba enorme comienza a sentirse sorprendentemente compacta.
La percepción no significa que el tiempo físico cambie. Pero la psicología sí ha encontrado diferencias relacionadas con la edad en la velocidad subjetiva con la que sentimos que ha transcurrido el pasado.
En 2026, las psicólogas Alice Teghil y Maddalena Boccia, de la Universidad Sapienza, de Roma, junto con otros investigadores, analizaron a 120 adultos de entre 20 y 91 años para estudiar la relación entre la memoria, el funcionamiento cognitivo y la percepción del paso del tiempo.
Para ello, pidieron a los participantes que evaluaran cuánto tiempo sentían que había transcurrido durante el último año y durante la última década.
Entre sus conclusiones, encontraron que la edad se relacionaba con una percepción más acelerada de los últimos diez años: cuanto mayores eran los participantes, más rápido tendían a sentir que había pasado ese período.
Curiosamente, ese patrón no apareció con la misma claridad cuando se les preguntó únicamente por el último año.
La memoria podría explicar parte de la sensación
Una explicación popular sostiene que durante la juventud todo contiene más novedad. Hay primeros trabajos, primeras parejas, mudanzas, viajes, hijos y experiencias que obligan al cerebro a registrar gran cantidad de información nueva. En etapas posteriores, en cambio, muchas jornadas pueden compartir una estructura semejante.
Cuando miramos retrospectivamente una época repleta de acontecimientos diferenciados, parece contener más “marcas” y puede sentirse más extensa. Pero el estudio de 2026 introdujo una complicación importante.
Los investigadores no encontraron que la aceleración percibida estuviera directamente relacionada con la cantidad de recuerdos autobiográficos que los participantes podían recuperar ni con lo vívidos o significativos que fueran.
De hecho, las personas mayores podían recordar experiencias personales intensas y relevantes. Lo que apareció relacionado con la percepción temporal fue otro aspecto de la memoria: la capacidad para codificar y recuperar información nueva.
Los participantes con menor rendimiento en pruebas de memoria diferida tendían a percibir la década como transcurrida con mayor rapidez. Por eso, la afirmación de que “los años rutinarios dejan menos marcas” resulta atractiva, pero simplifica demasiado lo que sabemos.
También importa distinguir entre dos formas de percepción temporal. Una tarde aburrida puede sentirse larguísima mientras está ocurriendo y, sin embargo, parecer casi inexistente cuando se recuerda meses después. Un viaje lleno de novedades puede pasar rápido mientras se disfruta, pero ocupar una enorme cantidad de espacio en la memoria retrospectiva.
Envejecer puede modificar esa reconstrucción del pasado. Por eso, entre los 60 y los 70 años lo que puede cambiar es cuántas diferencias registra el cerebro entre unos períodos y otros y cómo consigue recuperar después esa información.
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