¿Dónde han quedado los arrebatos utópicos del presidente Milei? En medio de una de las tantas crisis económicas que hemos padecido, disparando la retórica del anarcocapitalismo, Milei proclamaba la destrucción del Estado y, recomendaba eliminar el Banco Central bajo el supuesto de que el sistema fiscal era un instrumento espurio que robaba el patrimonio de los contribuyentes.

Tal vez el apoyo electoral que lo catapultó a la presidencia no hubiese prestado atención a tamaña utopía, manipulada al compás de insultos y agravios que aún subsisten como retazos de un discurso acaso desteñido. En su lugar persiste la pieza central e insustituible de la política: el poder y su destino; lo que, a primera vista, parece que se fugara de a poco de las manos del Gobierno.

La razón de todo esto es conocida. Aunque se lo haya pretendido cosificar, el poder no es más que una relación entre quien manda y quien obedece. En la medida en que adquiera el atributo propio de un poder político que nos concierne a todos, la relación alcanza tintes dramáticos, sobre todo cuando la realidad choca con el anhelo utópico de quienes mandan.

En consecuencia, dada la actual distribución de fuerzas en el Congreso, al Gobierno no le cabe otra opción que negociar y pactar para obtener leyes y futuros apoyos electorales. Este trajín diario está dominado por el faccionalismo. Es un dato disociador y extendido; penetra en el Gobierno, en la oposición kirchnerista, en los sectores más afines de la política económica del oficialismo e induce a la iimprovisación y a los golpes de audacia.

En ausencia del papel moderador del partido político -esa agencia mediadora y formadora de liderazgos que transmite valores y articula intereses- no tardan en ocupar la escena líderes radicalmente opuestos a dicho régimen, aptos para atrapar una circunstancia afortunada y lanzarse a la conquista del Gobierno. Ocurrió en 2023 y no es descartable que acontezca de nuevo mientras reinen las facciones.

Por no disponer nuestra política de la mediación duradera de los partidos, el Gobierno busca arreglar con los poderes establecidos, con los gobernadores que defienden recursos tras la falencia de la coparticipación federal prevista en la reforma constitucional de 1994 -un rotundo fracaso-, o suprimir las PASO para que las facciones peronistas no produzcan un liderazgo unificado. Así hasta se llega a poner en cuestión las reglas electorales vigentes debido a que el oficialismo ya cuenta con un Presidente dispuesto a ser reelecto.

Daría entonces la impresión de una situación en extremo cambiante, salvo dos condiciones que por ahora se mantienen inalterables. La primera atañe al resultado de la política económica en materia de empleo, salario y consumo. Con lo cual, tras la apuesta a favor de una economía centrada en el superávit fiscal, en la apertura de la importación y en las facilidades fiscales para promover la inversión en energía y minería (con logros sin duda positivos), decae sin embargo el empleo en la industria y en la construcción, ubicadas ambas en las megalópolis urbanas. De aquí las demandas sociales más urgentes.

La segunda condición trasciende nuestra frontera. Resulta habitual en la historia política de las naciones que, ante dificultades domésticas, los gobernantes acudan a un tema de política exterior capaz de despertar pasiones unánimes. Tal la política acerca de las Malvinas: una maniobra táctica que el Presidente ha resucitado exponiéndola en el país y ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. ¿Será acaso suficiente esta vuelta de página en un discurso que admiraba a Margaret Thatcher para reanimar ese instinto nacional?

En todo caso, siempre queda a mano el apoyo de Donald Trump, esa suerte de enfeudación de Javier Milei hacia el presidente de los Estados Unidos que no decrece y que se renueva en sus frecuentes viajes. Una vez más, la coalición de la utopía con la realidad del poder. Trump carece de temperamento liberal (no digamos libertario): es un proteccionista conservador de vieja estirpe con ribetes autoritarios, negociador implacable e inconstante conductor de la guerra, con impulsos imperiales hasta ahora poco conducentes, que insulta a rabiar y, según venimos diciendo desde hace tiempo, ha puesto a la república democrática de los Estados Unidos en el trance de una grave fricción institucional.

Este es el estilo, imitado por Milei, que pone en entredicho la tradición liberal; la misma que, entre otros propósitos, defiende a rajatabla la tolerancia entre iguales en una democracia constitucional pluralista. Poco de esto parece hoy acontecer entre nosotros y en las democracias occidentales. Lo que al contrario está en juego es esa inclinación reaccionaria, por ejemplo acodada al repudio de la libertad de opinión mediante variados proyectos que pretenderían echar raíces en América Latina (decisivas son, al respecto, las elecciones presidenciales en Brasil el próximo domingo).

Estos síntomas de democracias declinantes coinciden con una mutación científico-tecnológica que ya captura las incógnitas de la inteligencia artificial. Las dudas arrecian en los líderes de algunas de esas gigantescas empresas al advertir el riesgo de que la inteligencia artificial se aparte peligrosamente del control humano. Un recaudo necesario ante una incertidumbre de enormes proporciones que no concuerda en absoluto con el pensamiento de Trump y, por carácter transitivo, con el de Milei, que impugna estas dudas como si fueran una mera farsa, reanudando de este modo el antiguo contrapunto entre prudencia y soberbia. Se verá, pero lo que sí no admite mayores dudas es la contradicción que ahora se difunde en el planeta entre progreso científico-tecnológico y una cadena de regresiones políticas que afecta gravemente a las democracias, entre ellas a la nuestra. Difícil panorama ante el cual la libertad debería recuperar la virtud de la resiliencia.

Sobre la firma

Newsletter Clarín