“No me sorprendería“, declaró JD Vance este mes, “que el AntiCristo estuviera caminando entre nosotros”. Vance no solo es el vicepresidente de Estados Unidos, recordemos, sino que es un católico devoto, más versado en teología que el Papa, según él. Por tanto, habrá que tomarle en serio.
Tiene acceso a importantes fuentes de información, entre ellas la CIA, los sermones de su jefe y Dios mismo, con el que conversa a diario. Ya que de momento Vance no ha revelado la forma que podría haber elegido esta figura para imponer el reino del Mal en la Tierra, nos abre espacio para la especulación.
Descartemos las opciones más obvias. Por más tentador que nos resulte señalar a Trump…no. Para nada. La sutileza de la serpiente es una de los rasgos de identidad del mensajero del Diablo, no las trompetadas de un elefante anciano fuera de sí. Milei tampoco, por razones similares. Putin sería un candidato más serio, pero de nuevo chocamos con el problema de la obviedad. El entusiasmo con el que mata a niños ucranianos y, en números muy superiores, envía a muertes seguras a sus propios niños soldados no convence como disfraz.
¿Quién mas? Bueno, en la política la lista de posibles candidatos es larga, ya que lo que define esta época de populismo galopante es el odio, no el amor cristiano. La gente ve a sus líderes no tanto como vehículos de esperanza como recipientes de rencor. Los fieles del Partido Popular acá en España no votarán a favor de Alberto Feijóo; votarán contra Pedro Sánchez, el AntiCristo por aclamación de la derecha española.
Pero no seamos provincianos. El AntiCristo debe ser por definición una figura mundial. Sánchez no es una figura mundial. Su alcance se limita a la península ibérica y a Ceuta, nombre pronunciado por dos reputados analistas políticos de EEUU que vi en televisión esta semana como “Soweto”, que lo dice casi todo sobre la relevancia española en el panorama global.
Vayamos más allá de la política al terreno de la tecnología. Vienen a la mente personajes tenebrosos como Peter Thiel, Elon Musk o, particularmente, Mark Zuckerberg, que a través de su Facebook y de Instagram ha hecho una admirable contribución a la causa de dividir a la humanidad en tribus que se aborrecen mutuamente. Los tres están propulsando las bondades de la IA, el posible instrumento del AntiCristo para aniquilarnos a todos, poniendo fin al experimento que Dios puso en marcha cuando nos creó.
Pero de nuevo, los tecnosatánicos son candidatos que carecen de aquella discreción que le exigimos a un AntiCristo con pretensiones a hacer su trabajo bien. Yo miraría más lejos. En el mundo del fútbol, por ejemplo, donde impera el mismo sentimiento polarizante que vemos en la política. ¿Mourinho? Mmmm. Otra vez el mismo problema, igual que Jude Bellingham o Leandro Paredes. No disimulan su maldad.
Pienso que por respeto, y en defensa del principio de la igualdad, deberíamos incluir a las mujeres. No mencionar a ninguna de ellas como posible AntiCristo, sería pecar de un ofensivo machismo, digo yo. ¿Quiénes?
En la política es donde será más fácil, como siempre, pescar. Delcy Rodriguez, la venezolana que vendió su alma al elefante naranja, es una posibilidad. También Isabel Díaz Ayuso o Cristina Kirchner. Pero una vez más, son demasiado locales. Que lleven a España o a Argentina al infierno no es digno de la ambición a la que un AntiCristo de verdad debería aspirar. A mí me atrae más Taylor Swift, que ha endemoniado a millones de chicas adolescentes de todos los continentes con su arrasadora mediocridad.
La de Swift sería una campaña a largo o mediano plaza, no un peligro inmediato. Pero esas chicas un día conquistarán el mundo. La era del patriarcado se acaba. Mires donde mires, las mujeres son mayoría en las universidades. Los datos demuestran que los chicos se convierten cada día más en unos pobres huevones. Como agentes satánicos, las “Swifties” serán un día formidables. Eva, la primera femme fatale, las envidiaría.
Pero busquemos de nuevo en España. Una digna candidata sería la cantante Rosalía, que aprendió su arte aquí en Barcelona. Lo digo a mi pesar porque soy muy fan. Me ha seducido con su música y con sus espectáculos por medio planeta, donde es reconocida como el genio más grande que ha salido de estas tierras catalanas desde Gaudí. Así elijo verlo yo, al menos, aún reconociendo que en la lista también están Dalí, Miró, Ferràn Adrià y Pep Guardiola.
Rosalía posee varias de las virtudes necesarias para interpretar el papel del AntiCristo con sigilosa eficacia. Aparenta ser dulce y simpática, pero es inteligente también -mucho- y astuta, y espabilada. Y sabe igual de bien que Taylor Swift, pero con infinitamente más talento musical, cómo utilizar las diabólicas herramientas de las redes sociales para ganar fieles. Lo que más me convence de que ella podría ser la elegida es esa manía que tiene por introducir elementos de la liturgia cristiana en la letra de sus canciones. ¿Un gesto de devoción religiosa o una burla satánica? Elijan, pero yo opto por la segunda posibilidad. Rosalía me conquistó pero eso no me priva de la frialdad necesaria para reconocer la posibilidad de que bajo la máscara angelical hierve el Mal.
A los lectores y a las lectoras se les ocurrirán mejores opciones, quizá, pero para mí la catalana posee las característica necesarias para ser el insospechado y tentador AntiCristo que sorprende en sus caminatas al vicepresidente Vance. Y si no lo ven, on no creen que otra variante de esta figura ya está entre nosotros, recuerden las palabras del siniestro personaje que interpreta Kevin Spacey en la película ‘Los sospechosos habituales’, más pertinentes que nunca hoy que los locos mandan y estamos al borde de la extinción: “El mayor engaño que el Diablo jamás hizo fue convencer al mundo de que no existía”. w
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