Una sociedad tan pujante que sus habitantes exhiben cosmopolitas colecciones de imanes pegados en el exterior de neveras repletas por dentro de comida fresca tiene la responsabilidad de compadecerse de los que no tienen qué comer. Una sociedad tan boyante que puede elegir entre beber agua del grifo o embotellada tiene que preocuparse si alguien muere de sed. Una sociedad tan avanzada que es capaz de poner en sus fronteras aparatos que reconocen a sus habitantes por el interior de sus ojos, tiene el cometido de asegurarse que la piel nunca sea un motivo de discriminación. Una sociedad tan próspera que muchos de sus integrantes podrían coleccionar saleros de menú de avión como si fuesen dedales, tiene la obligación moral de no ser xenófoba. Una sociedad tan plurinacional que forma parte de un parlamento que reconoce 24 lenguas oficiales tiene el cometido de respetar el poder del diálogo. Una sociedad tan plural que está en la lista de 29 países que han derribado por completo sus barreras para dejar circular a miembros de naciones que en el pasado no podían ni mirarse a la cara por cuestiones étnicas o religiosas tiene el deber de repudiar el odio. Una sociedad tan floreciente que todos sus miembros saben leer, tiene la tarea de no abandonarse a la histeria.

Y, sin embargo, aquí estamos: dándole espacio y alas a energúmenos que hablan de migrantes como si fuesen virus, saliendo a la calle a gritar consignas que atufan a revanchismo cristiano, escuchando a irresponsables que parecen salidos de una tira de Martínez El Facha, gritándonos los unos a los otros barbaridades impresentables, disfrazando de defensa de la soberanía lo que es racismo puro y de indignación lo que solo es cólera. Ofreciendo un espectáculo lamentable que hace relamerse a los que se burlan de los principios democráticos que nos hicieron prósperos. Dicen las encuestas que España, ese país europeo avanzado, piensa que la culpa de “lo de Ceuta” la tiene Marruecos. De España, de momento, somos responsables todos los españoles.