Lo que sucede en internet trasciende internet. A esta altura debería estar bien claro. Una imagen que se comparte sin consentimiento, una burla que se multiplica en un grupo de WhatsApp o una fotografía manipulada con inteligencia artificial no solo atraviesa la pantalla, sino que afecta la vida cotidiana. El daño es real: perjudica la intimidad, la autoestima, los vínculos y hasta la posibilidad de ir a la escuela sin miedo.

La noticia reciente de Lomas de Zamora lo confirma. Alumnas de un colegio denunciaron que compañeros habían usado inteligencia artificial para generar imágenes falsas de ellas desnudas y venderlas en sitios para adultos. Según las denuncias, cerca de 40 chicas habrían sido víctimas. Sus fotos y sus identidades fueron usadas para fabricar y comercializar contenido sexual sin su consentimiento.

Ema Bondaruk tenía 15 años cuando un compañero difundió un video íntimo suyo sin consentimiento. Ema se suicidó al día siguiente. Su mamá ahora lucha para impulsar una ley con el nombre de su hija, que busca que las escuelas tengan herramientas para prevenir, detectar y abordar estas situaciones.

La Ley Ema es necesaria, pero la protección no puede depender solamente de las escuelas. Por eso, más de 300 organizaciones impulsan la Campaña Nacional por la Protección y el Ejercicio de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes en Entornos Digitales. Bajo la consigna “Está hecha la trampa, pero no la ley”, reclaman una regulación integral que establezca responsabilidades concretas para las plataformas.

No alcanza con pedirles a las familias que controlen las pantallas ni con exigirles a las escuelas que resuelvan problemas que las exceden. El rol de las empresas tecnológicas es clave. Deben asumir la responsabilidad de lo que ocurre en el mundo online, que ya no tiene fronteras con el offline.

Exigen una ley que contemple 10 puntos mínimos: Prevenir los riesgos; Seguridad desde el diseño; Verificación de edad de forma segura; Protección de datos; Algoritmos transparentes; Control estatal; Políticas públicas; Participación; Sanciones efectivas; Educación digital integral.

No se trata de demonizar la tecnología, sino de garantizar que chicos y chicas puedan aprender, jugar, expresarse y vincularse en entornos seguros. Para eso hacen falta educación digital, adultos capaces de escuchar sin juzgar, escuelas con herramientas y un Estado presente que establezca reglas claras.

Sobre la firma

Newsletter Clarín